El invento mejor vendido en el mundo
Antes de nada, que pases unos felices dias en estas fechas tan esperadas por algunos ( mayoritariamente ,los muy creyentes y comercios), que unos por fé y otros por pasta sabran degustar de diferentes manera, o en algunos casos, de la misma manera estas fechas, nos venden ilusión, que no me parece mal, también nos venden otros sentimientos y degustaciones. Yo no quiero ser un agorero ni un rompe-fiestas, paso o intento pasar estas fechas con los mios igual que la mayoria de USTEDES y no me lo paso mal, es una costumbre que a pasado desde hace siglos, la navidad, en la que sean creyentes o no tenemos que celebrar el ancimiento de cierto personaje, muy imporatnte para la historia, y es cierto fue muy importante, el devenir desde entonces de la historia a sido casi exclusiva en su nombre.
Pero no es oro todo lo que reluce, desde aquí pondremos a prueba estos dias desde la rigurosa historia y la razón. Espero que les guste o sorprenda, pero en ninguna de las maneras es para aguar la fiesta a nadie. Felices Fiestas. El siguiente relato es un alegato a la verdad y la historia.
La Navidad es un tiempo mágico, una celebración que sólo puede comprenderse y disfrutarse, hasta en los actos más rutinarios, si se conoce el origen de sus costumbres y símbolos. Pero aquello que creemos saber poco o nada tiene que ver con la realidad.
· El natalicio de Jesús un 25 de diciembre no se fijó hasta el siglo IV
· Los Reyes Magos no siempre fueron tres y Baltasar no fue negro hasta el siglo XVI
· San Francisco de Asís inventó el belén
· Papá Noél nació en el siglo XIX y su imagen actual se la debe a la Coca-Cola
· Los villancicos proceden de poemas amorosos cortesanos
· Ni Dom Pérignon ni los franceses inventaron el champán
· Los regalos, aguinaldos y comidas navideñas se fundamentan en leyendas y tradiciones ancestrales
· El simbolismo del árbol de Navidad y de sus adornos es tan entrañable como sorprendente
· La lotería de Navidad se creó para financiar la Guerra de la Independencia
Los antiguos cultos agrarios del solsticio de invierno
(Fuente: © Rodríguez, P. (1997). Ritos y mitos de la Navidad. © Barcelona: Ediciones B., capítulo 1, pp. 9-21)
El advenimiento de los dioses solares siempre se festejó en Navidad
El natalicio de Jesús un 25 de diciembre no se fijó hasta el siglo IV
Durante la Navidad, solsticio de invierno en el hemisferio norte, el sol alcanza su cenit en el punto más bajo y desde ese momento el día comienza a alargarse progresivamente en detrimento de sus noches-hasta llegar al solsticio de verano (21-22 de junio) en que invierte su curso-; el término solsticio significa «sol inmóvil» ya que en esos momentos el sol cambia muy poco su declinación de un día a otro y parece permanecer en un lugar fijo del ecuador celeste.
El solsticio hiemal es el acontecimiento cósmico que vivifica la Naturaleza con su luz y su calor, razón por la cual, para todas las culturas antiguas, representaba el auténtico nacimiento del sol y, con él, toda la Naturaleza comenzaba a despertar lentamente de su letargo invernal y los humanos veían renovadas sus esperanzas de supervivencia gracias a la fertilidad de la tierra que garantizaba la presencia del astro divino, del dios más arcaico que la humanidad ha venerado.
En el solsticio de invierno todos los pueblos antiguos, adoradores del sol, celebraban el nacimiento del astro rey mediante grandes festejos caracterizados por la alegría general y el protagonismo de las hogueras, alrededor de las cuales se concentraban los lugareños con el fin de manifestar su alborozo y esperanza mediante ceremonias colectivas centradas en cantos y danzas rituales y en la recogida de ciertas plantasmágicas como el muérdago.
Era también la época adecuada para realizar pactos protectores con los espíritus de la Naturaleza y con los de los familiares fallecidos (una costumbre de la que derivó, en pueblos como el germano, la fiesta de los difuntos, que la Iglesia católica acabará por transformar en una jornada de tristeza que desplazará hasta el primer domingo de noviembre para poder alejarla de la alegre conmemoración del nacimiento de Jesús).
Los pueblos prerromanos, durante los tres días anteriores al 24 y 25 de diciembre, así como en los seis posteriores que llevaban hasta el Año Nuevo, festejaban el retorno del Nuevo Sol y las fuerzas vegetativas de la Naturaleza. Las grandes hogueras -tal como veremos en el capítulo 11, dedicado al tió de Navidad-, al margen de simbolizar el gran acontecimiento, tenían la función de excitar el calor y la fuerza de los rayos de un sol recién nacido que encaraba su curso hacia la primavera inundando la tierra con su poder regenerador. Otro tanto sucedía durante el solsticio de verano[i], época adecuada para mostrarle al divino sol el agradecimiento de quienes habían sobrevivido un año más gracias a su generosa intervención en el ciclo agrícola y ganadero.
Con el inicio de la expansión de la Iglesia católica por todo el continente europeo, los papas no siempre pudieron imponer su fe por la fuerza y a menudo tuvieron que obrar con astucia fingiendo tolerar determinados ritos paganos aunque en realidad los minaban y transformaban progresivamente al entremezclarlos con elementos cristianos añadidos. Una muestra de ello nos la dejó el papa Gregorio I El Grande (590-604) que, aunque siempre ordenó que los paganos fuesen sometidos a castigos y prisión si no se convertían, tuvo que ser más cauteloso durante su conquista evangélica de las almas de los anglosajones, aconsejándole al abad Mellitus, jefe de los propagadores del cristianismo en Gran Bretaña, lo que sigue:
«No hay que destruir los templos paganos de ese pueblo, sino únicamente los ídolos que hay en los mismos; después de asperjar esos templos con agua bendita, erigir altares y depositar reliquias; porque si tales templos están bien construidos, perfectamente pueden transformarse de una morada de los demonios en casas del Dios verdadero, de manera que si el mismo pueblo no ve destruido sus templos, deponga de su corazón el error, reconozca el verdadero Dios y ore y acuda a los lugares habituales según su vieja costumbre…»
Esta estrategia fue seguida también en la evangelización de las Galias y la Germania, aunque su éxito no fue precisamente clamoroso. Así, por ejemplo, en el primer Concilium Germanicum, celebrado en los años 742 y 743, se tuvo que disponer que «el pueblo de Dios no fomente ninguna cosa pagana, sino que rechace y aborrezca toda inmundicia de los gentiles, ya se trate de ofrendas a los muertos o adivinación, de amuletos o signos de protección, de conjuros o sacrificios conjuradores, que gentes necias ofrecen junto a las iglesias y a la manera pagana, invocando a los santos mártires y confesores, con lo que provocan la cólera de Dios y de los santos, para acabar alrededor de los fuegos sacrílegos, que ellos llaman neid fyr».
Resulta evidente, pues, que la Iglesia católica, en el siglo VIII, a pesar del gran esfuerzo de Bonifacio -«el apóstol de Germania»-, aún no había podido lograr que los germanos renunciasen a sus prácticas paganas tradicionales ni, mucho menos, a sus ceremonias solsticiales navideñas alrededor de los fuegos sagrados.
En los pueblos germánicos y galos -pero especialmente entre los primeros, ya que fueron menos romanizados y su cristianización fue más tardía, lenta, dificultosa e incompleta-, estas ceremonias solsticiales de adoración al Sol y a las fuerzas ocultas de la Naturaleza prosiguieron hasta bien entrada la Edad Media; en sus formas originales y puras estuvieron vigentes hasta la primera mitad del siglo X, y tomando expresiones externas más o menos matizadas o mediatizadas por el cristianismo han podido sobrevivir hasta nuestros días, contagiando depaganismo la celebración de la Navidad actual hasta el punto de que, tal como iremos viendo a lo largo de este libro, los mitos solares ancestrales (conservados en su estructura interna aunque desvirtuados en su forma externa y en su significado) siguen siendo los verdaderos protagonistas de los festejos navideños que se celebran en el mundo de hoy.
Desde hace miles de años, y para las culturas y sociedades más diversas, la época de Navidad ha representado el advenimiento del acontecimiento cósmico por excelencia, del hecho más fundamental de cuantos podían garantizar la supervivencia del hombre pagano o campesino -pagus significa aldea y paganus aldeano o rústico-, del nacimiento -o, mejor dicho, renacimiento anual- de la principal divinidad salvadora.
No es ninguna casualidad, por tanto, que el natalicio de los principales dioses solares jóvenes de las culturas agrarias precristianas -como Osiris, Horus, Apolo, Mitra, Dionisos/Baco (llamado el Salvador), etc.-fuese situado durante el solsticio de invierno. Y es menos casual aún que el natalicio de Jesús-Cristo, el Salvador cristiano, se haya concretado en el 25 de diciembre, fecha en la que hasta finales del siglo IV de nuestra era se conmemoró el nacimiento del Sol Invictus en el Imperio Romano.
EL ADVENIMIENTO DE LOS DIOSES SOLARES SIEMPRE SE FESTEJÓ EN NAVIDAD
Con el desarrollo de las culturas urbanas, los rituales solsticiales agrarios no desaparecieron sino que se adaptaron a las nuevas circunstancias y necesidades, por eso las fiestas paganas más importantes «rebasaron el ámbito campesino y se convirtieron en ciudadanas, de forma que la fecundidad que en origen solicitaban para el campo y el ganado, pasó a comprenderse como prosperidad y riqueza para la ciudad. Estas festividades se concentran sobre todo en invierno, pues la actividad humana sufría en estos meses una bajada en su ritmo, ya que la guerra se detenía, nadie se atrevía a navegar y las faenas agrícolas eran entonces menos intensas. El invierno es en consecuencia un periodo muy propicio para que las relaciones que se entablan con el mundo sobrenatural sean más estrechas, más íntimas»[ii].
Entre las fiestas de los antiguos griegos y romanos que fueron precedentes de la Navidad cristiana debe destacarse, por su importancia social y trascendencia mítica y simbólica, las dedicadas a Dionisos y Saturno.
Dionisos, originado en la fusión de mitos egipcios y helenos, fue un dios del vino, de la vegetación y de la fecundidad, pero también de la muerte, ya que los difuntos y las potencias subterráneas -«infernales», deinferus, inferior, puesto que se creía que el mundo de los muertos estaba por debajo de la tierra- eran tenidas por controladoras la fertilidad. Su culto arrastraba multitudes e inspiraba ideales de rebeldía que se enfrentaban con el orden establecido, tanto el político (oponiéndose a la clase aristocrática dominante) como el divino (amenazando la supremacía de los dioses olímpicos clásicos). Ya en el siglo IV a.C., en el calendario de Bitinia el mes consagrado a Dionisos comenzaba el 24 de diciembre y tenía 31 días.
En la antigua Atenas -y en el resto de Grecia, aunque con algunas variantes-, el culto popular a Dionisos estaba repartido en cuatro grandes festividades: las Dionisíacas de los campos, las Leneas, lasAntesterias y las Grandes Dionisíacas. Las dos primeras se celebraban alrededor del solsticio invernal, con carácter propiciatorio de la fertilidad/prosperidad y en medio de festejos caracterizados por la gran alegría general; las dos últimas tenían lugar en la primavera y festejaban la resurrección de la naturaleza. Las Antesterias, en particular, celebraban el vino nuevo, de la última cosecha, conmemoraban la llegada de Dionisos a Atenas y su hierogamia y, en su tercera jornada, el Chytroi(«las marmitas»), se recordaba a los difuntos. El ciclo dionisíaco, como vemos, es el mismo que muchos siglos después adoptará el cristianismo al situar la Navidad en el solsticio de invierno y la Pascua de Resurrección en primavera.
El Saturno romano -equivalente al griego Cronos- fue una antigua divinidad agrícola cuyo nombre está relacionado con satur (saciado, harto) y sator (sembrador, creador), siendo sinónimo de abundancia. Fue un dios agricultor y plantador de vides (vitisator), un arte que enseñó a los hombres cuando, perseguido por su hijo Júpiter, tuvo que refugiarse en Italia; bajo el apelativo de Stercutius presidía el abono de los campos.
Los festejos romanos en honor de Saturno, las Saturnalia, fueron en su origen fiestas campestres -sementivae feriae, consualia larentalia,paganalia-, pero adquirieron mucha importancia a partir del año 217 a.C., tras la derrota del ejército romano por el cartaginés Aníbal cerca del lago Trasimeno, preludio del desastre de la batalla Cannas (216 a.C.) que puso fin a la segunda guerra púnica y contribuyó a despertar el espíritu religioso de los romanos.
La celebración de las Saturnalia duraba una semana y tenía lugar entre el 17 y el 23 del mes de diciembre. Después de la ceremonia religiosa había grandes festejos y banquetes, se abolía temporalmente las clases sociales y, en los ágapes, los señores servían a sus esclavos-que podían burlarse impunemente de los amos-, cesaba toda actividad pública -en tribunales, escuelas, comercios, operaciones militares, etc.-y no se permitía ejercer ningún arte ni oficio salvo el de la cocina, se imponía el hacerse regalos unos a otros, los ricos convidaban a sus mesas bien surtidas a los pobres que llamaban a sus puertas, se practicaban juegos de azar…, en fin, los antiguos romanos hacían ya más o menos lo mismo que aún se hace actualmente para celebrar la Navidad cristiana.
Si nos remontamos mucho más atrás en la Historia, hasta la época en la que los hombres primitivos -que practicaron cultos naturalistas y adoraron a la esfera solar como deidad- comenzaron a desarrollar el concepto divino bajo formas antropomorfas, observaremos que todas las culturas de la Antigüedad pasaron a identificar a su dios principal, o a alguno de los más importantes de su panteón, con el dios Sol y, en lógica consecuencia, situaron la conmemoración y festejo de su advenimiento alrededor del prodigioso evento cósmico que representaba el solsticio de invierno cada 21-22 de diciembre.
Caldeos, egipcios, cananeos, persas, sirios, fenicios, griegos, romanos, hindúes y la práctica totalidad de los pueblos con culturas desarrolladas, entre los cabe incluir los imperios orientales y las civilizaciones precolombinas -como los aztecas y su máxima deidad Huitzilopochtli, que tantos quebraderos de cabeza dio a los misioneros españoles-, han celebrado durante el solsticio hiemal el parto de la «Reina de los Cielos» y la llegada al mundo de su hijo, el joven dios solar.
En los mitos solares ocupa un lugar central la presencia de un dios joven que cada año muere y resucita, encarnando en sí los ciclos de la vida en la Naturaleza. En las culturas de mitología astral, el Sol representaba el padre, la autoridad y también el principio generador masculino. Durante la Antigüedad, en todo el mundo civilizado, el sol fue el emblema de todos los grandes dioses, y los monarcas de todos los imperios se hicieron adorar como hijos del Sol (identificado siempre con su divinidad principal). En este contexto, la antropomorfización del Sol en un dios hijo joven presenta ejemplos tan conocidos como los de Horus, Mitra, Adonis, Dionisos, Krisna… o el propio Jesús-Cristo[iii].
En el Egipto Antiguo se creía que Isis, la virgen Reina de los Cielos, quedaba embarazada en el mes de marzo y daba a luz a su hijo Horus a finales de diciembre. El dios Horus, hijo de Osiris e Isis, era el «gran subyugador del mundo», el que es la «substancia de su padre», Osiris, de quien era una encarnación. Fue concebido milagrosamente por Isis cuando el dios Osiris, su esposo, ya había sido muerto y despedazado por su hermano Seth o Tifón. Era una divinidad casta -sin amores- al igual que Apolo, y su papel entre los humanos estaba relacionado con el Juicio ya que presentaba las almas a su padre, el Juez. Era el Christos y simbol



